domingo, 22 de octubre de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 30º del TIEMPO ORDINARIO

  SAN MATEO 22, 15-21
                                            
    "En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuestos al César o no?
   Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: ¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.
    Le presentaron un denario. Él les preguntó: ¿De quién son esta cara y esta inscripción?
    Le respondieron: Del César.
    Entonces les replicó: Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios."
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    La escena traduce la tensión existente entre Jesús y los grupos “oficiales” de la sociedad judía. Fariseos y herodianos, representantes de dos sensibilidades diferentes, se unen para formularle la pregunta trampa. Con todo, hay que destacar el “elogio” que hacen de la integridad personal de Jesús. Éste descubre su mala voluntad, pero no elude la respuesta: A Dios no hay utilizarle como “moneda” de nada. Los temas sociales hay que abordarlos dentro de su propia órbita. La licitud o ilicitud del impuesto al César debe ser dirimido en su fuero propio: las responsabilidades sociales y políticas del momento. Y cada uno debe asumirlas.  Y no debe llevarse al campo de la religión. Dios se mueve en otra órbita y, aunque no esté ausente, no interviene en la legítima autonomía de la historia. Dios no es una “excusa” ni un “argumento” para evadir impuestos, aunque, les recuerda Jesús, Dios tiene también sus espacios. La moneda, al César, y el corazón, a Dios. 
   
REFLEXIÓN PASTORAL
    La cuestión de la licitud del tributo romano era discutida entre los judíos. Significaba el reconocimiento de una sumisión  La aceptaban los herodianos; más resignadamente los saduceos; los fariseos se mostraban reticentes; los zelotes la rechazaban abiertamente. En general, en el pueblo producía indignación ese tributo de vasallaje. La pregunta formulada a Jesús contenía material inflamable: “¿Es lícito pagar el tributo al César  no?” (Mt 22,17).
    Jesús, que probablemente no era partidario de pagarlo, pide la moneda del tributo y pronuncia la frase: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). Pocas frases han hecho correr tanta tinta y han sido citadas con más frecuencia e imprecisión.
     No fue una respuesta evasiva o diplomática. Los oyentes se admiraron, quizá, porque no la entendieron. Porque la respuesta iba contra los judíos, que regulaban la política con la religión, haciendo de Dios un césar, y contra los romanos, que regulaban la religión con la política, haciendo del César un dios. Con su respuesta, Jesús quemaba la tierra bajo las plantas de todos.
     “Dad al César…”, denunciaba la pretensión clericalista de convertir y manipular todo desde la religión. Reconocer o no al César, aceptar o no sus leyes fiscales, es un tema político, que no debe trasladarse a la esfera de la religión.
    “Y a Dios lo que es de Dios”, con lo que asestaba un golpe de muerte al cesarismo, a la pretensión absolutista del poder político, de invadir todos los espacios de la vida, de hacer del hombre un mero súbdito.
      En la respuesta de Jesús hay, pues, mucho más de cuanto entendieron los judíos, y de lo que han entendido a lo largo de los siglos muchos cristianos, en cuya historia Dios y el César se mezclaron tanto y de tal manera, que llegó un momento en que ya no solo no se distinguía qué era de uno y qué era de otro, sino quién era uno y quién era otro.
      Jesús distingue netamente los campos. No establece una división excluyente, pero introduce una clarificación: religión y política son realidades distintas, pero no distantes y no pueden distanciarse, porque ambas afectan al hombre.
    Por otro lado, no conviene olvidar, en el saludo de la carta a los Tesalonicenses, los tres elementos que subraya san Pablo como característicos de la espiritualidad cristiana: fe activa, amor esforzado y esperanza acrisolada en las pruebas. Tres ingredientes necesarios para saber hacer un discernimiento de los distintos debates y cuestiones de la historia y de la vida.
         Hoy, Domingo Mundial de las Misiones, se nos recuerda nuestra responsabilidad misionera. Y que existe una vanzadilla de la Iglesia, donde hermanos y hermanas nuestros están entregando su vida en un servicio generoso, y silencioso, a otros más necesitados. Ellos son la memoria de la Iglesia; los que nos recuerdan que hay que seguir ampliando las fronteras del Reino de Dios; que una comunidad cuando deja de mirar al futuro, lo pierde. Una Jornada para orar por ellos y colaborar con ellos en las arduas tareas de la evangelización (1 Tim 1,8).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cumplo mis deberes cívicos con honestidad y responsabilidad?
.- ¿Doy a Dios lo que es de Dios?
.- ¿Es mi fe activa, mi caridad esforzada y mi esperanza acrisolada?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.
JORNADA MUNDIAL DE LAS MISIONES 

domingo, 15 de octubre de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 28º del TIEMPO ORDINARIO

  ¡FELIZ BANQUETE!
 
 SAN MATEO 22, 1-14           
    "En aquel tiempo volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo, diciendo:
    El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisara a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda. Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendió fuego a la ciudad.
    Luego dijo a sus criados: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
    Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca.
   Entonces el rey dijo a los camareros: Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos."
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   Parece que Mateo ha fusionado dos parábolas originalmente distintas: la del banquete, análoga a la de Lc 14,16-24, y otra, la de la expulsión del banquete, que contempla la idea del juicio final. En todo caso, Jesús continúa hablando a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. La parábola, claramente alegorizada, les descubre la voluntad salvadora de Dios. El banquete, evoca el de Is 25,6-10a (1ª lectura); los criados enviados son los profetas y apóstoles; los que rechazan la invitación son los judíos (más directamente sus líderes); los invitados de los caminos: los pecadores y paganos; el incendio de la ciudad, la ruina de Jerusalén… La segunda parte, a partir del v.11, destaca la idea de la responsabilidad en la respuesta: el vestido evoca la necesidad de las obras de la fe.
REFLEXIÓN PASTORAL
    Dios ama al hombre, le busca y le invita a participar de su misma vida, de su misma mesa, de Él mismo. Pero esta invitación, gratuita, no es irresponsable. En la invitación de Dios no hay excluidos, pero sí auto-excluidos.  En la línea del profeta Isaías (1ª lectura), la parábola propuesta por Jesús ilustra perfectamente la situación. Dios ha soñado lo mejor: un banquete de bodas  - ¿quién no se apunta a un banquete? -, e invita generosamente a él. Pero, sorprendentemente, esa invitación es rechazada de una manera insultante. 
    Con este ejemplo Jesús denuncia el comportamiento del judaísmo oficial de su tiempo, que se automargina; y anuncia una nueva edición de la invitación salvadora (Mt 22,9). 
    Pero no termina ahí la parábola. También en la comunidad cristiana puede continuar esa dinámica de rechazo de la oferta. También nosotros podemos despreciar la invitación anteponiendo nuestros "intereses".
    Y no basta con “apuntarse”. Es lo que se quiere subrayar con la alusión al hombre que no llevaba vestido de fiesta. El asunto no termina con la invitación. Hay que acogerla. Pertenecer al Reino, sentarse a su mesa,  requiere un estilo, un vestido adecuado. Un vestido que ofrece el mismo Señor, pero que hay que aceptar y adoptar.
    El Señor no pide falsos oropeles, sino un corazón convertido. Porque de quien tenemos que revestirnos es de Cristo (Rom 13,14).  No es, pues, cuestión de telas o de colores, sino de actitudes. Y para ello necesitamos desvestirnos de muchas cosas. De la vieja condición, del hombre viejo... (Col 3,9).
   Es necesario revisar nuestro ropero espiritual -también quizá el material- y ver si nuestra “cobertura” es cristiana; si se aproxima un poco a lo que san Pablo sugería a los cristianos de Éfeso: el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, los zapatos de la paz, el escudo de la fe (cf. Ef 6,10-17).
    La respuesta no es fácil, pero con Cristo es posible: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (2ª lectura).
    Es necesaria la vinculación a Cristo para transformar la vida, pues "separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5).
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Es Jesucristo mi punto de apoyo?
.- ¿Cómo acojo la invitación de Dios a participar en su banquete?
.- ¿Qué vestido llevo en la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 8 de octubre de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 27º del TIEMPO ORDINARIO

  SAN MATEO 21, 33-43

                                             
    "En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.
    Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto de mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos ladrones?
    Le contestaron: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos.
    Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?
     Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos."
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   Con esta parábola, dirigida a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, Jesús quiere denunciar la irracionalidad de su hostilidad antes los enviados de Dios (el Bautista), y ante su propio Hijo (Jesús). Trabajando sobre la imagen veterotestamentaria de la “viña”, Jesús modula el tema, poniendo el acento no en la viña sino en lo viñadores, dejando en evidencia su irresponsabilidad. El final de la parábola justifica el cambio que se producirá: la viña se dará a otros viñadores. Pero ese “riesgo” sigue pendiente sobre todo los que reproduzcan la actitud de los primeros viñadores. Nadie puede apropiarse la “viña”, ni apropiarse sus frutos.

REFLEXIÓN PASTORAL
Esperó que diese uvas, pero dio agraces…” (Is 5,2). Es la queja de Dios, y también su esperanza.
Dios no es indiferente ante la reacción del hombre. Porque el amor nunca es indiferente. Eligiendo al pueblo de Israel, obró como el labrador con su viña, con amor, mimo e ilusión. ¿Qué más cabía hacer? (Is 5,4).  Esperó unos frutos. Pero esos frutos no se produjeron. A Dios, su pueblo elegido le hizo experimentar la decepción.
La parábola evangélica, con más propiedad alegoría, conocida como la de “los viñadores homicidas”  contiene acentos distintos de los del texto de Isaías. Mientras el profeta destaca la irresponsabilidad de la viña; Jesús subraya la irresponsabilidad de los viñadores, eliminando todas las mediaciones divinas, hasta la del Hijo.
Por eso, Dios “arrendará la viña a otros labradores que le den los frutos a su tiempo” (Mt 21,41); creará un pueblo nuevo. Y ese pueblo nuevo, asentado en la piedra angular que es Cristo (Ef 2,20), vitalizado por la sabia de la única vid, que es Cristo (Jn 15,1.5), es la Iglesia. Y de ese pueblo, también objeto del mimo, del amor y de la ilusión de Dios, Dios sigue esperando los mismos frutos, es decir, justicia y derecho (Is 5,7). ¿Los damos? Para ello hay que estar vinculados a la vid. “Sin mí no podéis hacer nada…” (Jn 15,4-5). ¿Lo estamos? Lo sabremos, si nuestros frutos son cristianos... Porque “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16.20).
 Haber sido objeto de la elección y el amor de Dios es una gracia; pero, también, una gran responsabilidad. Pues “el amor de Cristo nos urge” (2 Cor 5,14) a concretar, a fructificar. Y porque la Palabra de Dios no es solo palabra de entonces, sino de hoy, nos dirige la misma advertencia: “Se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43).
Responsabilidad que, entre otras cosas, significa apertura a los auténticos valores de la vida. “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable...; todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4,8).  Porque esa es la religión auténtica: la que no se construye a costa ni de espaldas a los valores humanos. El cristiano no devalúa, sino que revalúa lo auténticamente humano; lo profundiza, liberándolo del egoísmo, de la superficialidad y lo eleva a la categoría de alabanza a Dios.
Es el mensaje que Dios, por medio de su palabra, nos dirige hoy. Y que debemos acoger con gratitud y responsabilidad, por haber sido elegidos.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Produzco frutos? ¿Qué frutos?
.- ¿Tengo en cuenta todo los que es justo, verdadero…?
.- ¿Soy motivo de decepción o de ilusión
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 1 de octubre de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 26º del TIEMPO ORDINARIO

  SAN MATEO 21, 28-32

    "En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contesto: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: El primero. Jesús les dijo: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis. En cambio, los publicanos y las prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis."
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      Con una claridad y sencillez meridianas Jesús ejemplariza su dicho: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). Frente al hermetismo que presentaron los dirigentes religiosos judíos -los “sanos”- a su mensaje y a su persona, como lo hicieron antes con Juan, Jesús destaca la apertura y la acogida que le dispensaron los considerados pecadores -“los enfermos”-. Él no vino a marginar a nadie, vino a buscar lo que estaba perdido; pero mientras algunos reconocieron su necesidad de conversión –“los publicanos y las prostitutas”-, otros -“los sumos sacerdotes y los ancianos”-, autocomplacidos de sí mismos,  creían no necesitar tal conversión

REFLEXIÓN PASTORAL
    “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús” (Flp 2,5). No es una invitación sentimental ni al sentimentalismo. Es la exigencia fundamental cristiana. Porque “quien dice que permanece en Cristo, debe vivir como Él vivió” (I Jn 2,6); debe sentir como Él sintió. Sentir a Cristo y sentir con Cristo.
    Y ¿cómo vivió y sintió Cristo? S. Pablo (2ª) lo sintetiza muy acertadamente: “se vació, se anonadó, se despojó de su rango… hasta la muerte” (2,7-8).
     La vida de Jesús y sus sentimientos estuvieron orientados por dos referencias: Dios y el hombre. Su vivir fue un vivir para el Padre (Jn 4,34; cf. Jn 6,38-40), y un vivir para los hombre... Y “porque nadie ama más que el que da la vida” (Jn 15,33),  entregó su vida. Estos fueron sus intereses.
     Por eso, comenta el Apóstol: “No os encerréis en vuestros intereses” (Flp 2,4; cf. 1 Cor 10,24), y no encerremos a Dios en “nuestros intereses”.
    Y ¿qué significa “no encerrarse” y “tener los sentimientos de Cristo”? Entre otras cosas: “Vaciarse” de la pretensión de creerse justos e irreprochables, y de “señalar” y marginar a los otros.
    “Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (Mt 21,31). Palabras, sin duda chocantes, que hay entender correctamente. Porque  Jesús no está haciendo apología de la prostitución, ni del fraude, ni de la extorsión de los cobradores de impuestos. No se trata, pues, de una actitud romántica ante el pecado.
    Lo que Jesús denuncia es la autosuficiencia de quienes consideraban que la conversión era para “los otros”; la hipocresía de los que  tipificaban una serie de conductas como “inmorales” y, luego, creían que, absteniéndose de ellas, ellos estaban ya inmunes de todo pecado;  la actitud de los que creían que el bien consiste solo en denunciar el mal.
    Lo que Jesús proclama es que el amor de Dios no se detiene a las puertas de los convencionalismos humanos; que no hay espacios cerrados e impermeables a su amor; que Dios es una oportunidad permanentemente abierta; que está siempre a la puerta, esperando, por si “alguno me abre” (Ap 3,20).
    Lo que Jesús quiere destacar es que la auténtica verdad del hombre no está en la exterioridad, en lo que el hombre hace, sino en la interioridad, en por qué lo hace, y solo Dios conoce los “por qué”, porque solo Él conoce el corazón; y conoce que en el corazón de una prostituta o de un recaudador de impuestos también puede resonar y ser respondida la voz de Dios.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Cuáles son mis sentimientos? ¿Los de Cristo?
.- ¿Siento necesidad de conversión permanente?
.- ¿Vivo encerrado en mis intereses?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 24 de septiembre de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 25º del TIEMPO ORDINARIO

  SAN MATEO 20, 1-16

   "En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo a mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: Nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a mi viña.
   Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: Estos último han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. El replicó a uno de ellos: Amigo no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los último serán los primeros y los primeros los últimos."
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    Con esta parábola Jesús pone en evidencia a los que criticaban su comportamiento misericordioso con los pecadores. Les dice: “Así es Dios: bueno y compasivo, como aquel amo con los parados y sus familias; y yo actúo así en su nombre”. 
    San Mateo, al incluirla en su evangelio, le da una nueva dirección: los destinatarios son los discípulos (Mt 19,23; 27-28). Y, mediante el añadido del v. 16, moraliza su sentido, acentuando la igualdad de todos ante Dios, para quien no hay primeros ni últimos. Por otro lado, por testimonios colaterales del NT (cf. Gál 1-2 y Hch 15), sabemos de la existencia de una tensión en la primitiva comunidad, mayoritariamente judía, por la entrada de no judíos en la Iglesia. Los planes y los caminos de Dios son más “altos” que lo nuestros.  
    El mensaje de la parábola es claro: teológico -revelarnos a Dios-, apologético -justificar la praxis de Jesús con los pecadores-, y parenético -mostrarnos un camino de vida-.
REFLEXIÓN PASTORAL
    “Mis caminos no son vuestros caminos; mis planes no son vuestros planes (Is 55,8). Estas palabras del profeta son una llamada de atención y también una crítica ante los intentos de configurar la vida personal y social al margen de la fe. Y hasta configurar (o desfigurar) la imagen de Dios.
     El profeta Isaías continúa: “Buscad al Señor...; invocadlo”. Sí; es necesaria esta referencia a Dios, si no queremos empequeñecer el horizonte del hombre. Porque sin ella el hombre es polvo, finitud, mercancía instrumentalizable en función de los más variados intereses.
      Y Jesús vino para reorientar los pasos del hombre en su búsqueda hacia la Verdad, hacia la Vida, hacia Dios. Con su palabra y su persona nos descubrió el verdadero rostro de Dios. Uno de cuyos rasgos nos muestra el evangelio de este domingo. A primera vista, esta parábola resulta un tanto chocante, hasta parecer injusta. Pero, meditada con atención, veremos que es chocante, pero no injusta.
       La parábola, en primer lugar, enfoca a Dios. Un Dios que no funciona con criterios empresariales, de retribución mecánica, sino con criterios de misericordia y gracia. Un Dios integrador, que está saliendo constantemente a buscar al hombre para integrarlo en su Reino. Un Dios sin horas fijas, que siempre ofrece nuevas oportunidades para integrarse en su proyecto. Un  Dios para quien no hay primeros ni últimos, sino que todos son hijos. Un Dios que quiere que el hombre mire al hombre no como un competidor, como merma de sus derechos y posibilidades (Mt 20,12), sino como hermano, con buenos ojos... Por eso, también, en segundo lugar, la parábola juzga los comportamientos humanos.
    ¿Pero este Dios así, es un Dios justo? ¿Entonces, para qué esforzarse tanto y durante tanto tiempo? Si pensamos así; si nos cuesta comprender este proceder de Dios, es que nuestro interior no es bueno: “¿Vas a tener envidia porque soy bueno?” (Mt 20,15).
     Cuando la felicidad ajena nos haga felices, habremos alcanzado la madurez y la libertad verdaderas. Eso demostrará que la proximidad al Señor  nos ha permitido conocerle mejor y, consiguientemente, experimentar su amor. Pero si, por desgracia, somos duros de corazón, si su proceder generoso y misericordioso nos escandaliza y  entristece, quiere decir que, a pesar de haber estado tanto tiempo cerca, aún no le hemos conocido, porque el que no ama, no conoce a Dios, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4,8).
    San Pablo, por su parte nos ofrece un testimonio de lo que es una vida seducida por Jesucristo. Jesucristo es su proyecto vital. Vive y convive con Cristo; existe y coexiste con Cristo; siente y consiente con Cristo. Su vida queda configurada con la de Cristo (Rom 6, 1-11). Una configuración que redimensiona a la persona entera: sentimientos (Flp 2,5ss) y mentalidad   (1 Cor 2, 16). Pero esto no le aísla de los hermanos. También por ellos siente un profundo amor. Y más allá de cualquier otra cosa, tengamos presente la exhortación con la que concluía el texto que hemos leído: “Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo”.    

REFLEXIÓN PERSONAL      
.- ¿Cual o quién es el porqué de mi vida?
.- ¿Me hace bien el bien ajeno?
.- ¿Abro mis caminos a los de Dios?
   

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 17 de septiembre de 2017

¡FELIZ DOMINGO! 24º del TIEMPO ORDINARIO

  SAN MATEO 18, 21-35
    "En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?
    Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
    Y les propuso esta parábola: Se parece le Reino de los Cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estrangulaba diciendo: Págame lo que me debes. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo y te lo pagaré. Pero él se negó y fue lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano."
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    El texto mateano, remontándose a la enseñanza y la praxis de Jesús, sin embargo contempla ya la situación problemática de la comunidad en el tema del perdón. La expresión de Pedro: “Si mi hermano…” tiene connotaciones eclesiales.
    La parábola pretende enfatizar la misericordia de Dios, que no es indiferente al pecado (la mala gestión del empleado), pero que no lo absolutiza, lo único absoluto en él es el amor y la misericordia. La reacción ante el siervo despiadado es expresión de que a Dios le afectan las relaciones interhumanas. Y nos invita y urge a “perdonaros mutuamente como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4,32).
   Cuando Dios no duda en perdonarnos los diez mil talentos de nuestra deuda (unos 100 millones de denarios), nosotros nos resistimos a perdonar al hermano los cien denarios (calderilla) que pueda debernos.
REFLEXIÓN PASTORAL
    “Si vivimos, vivimos para el Señor”. Una afirmación que hoy todos deberíamos acoger, dejándola resonar en nuestro interior y profundizando sus consecuencias.
    Urgidos por tantas cosas, inmersos en lo inmediato, frecuentemente perdemos la justa perspectiva de la realidad. Absolutizamos lo relativo y relativizamos lo absoluto.
    Como creyentes no podemos perder la conciencia de nuestra referencia primordial al Señor. Cristo no puede ser un supuesto implícito, distante de nuestra existencia, sino una realidad patente. Hemos de vivir de tal manera que los que se encuentren con nosotros se den cuenta de que nosotros nos hemos encontrado con él. A Dios, a Jesucristo, no podemos situarlos en la periferia de nuestra vida, sino en el centro de la misma. No podemos dedicarles solo el tiempo que nos sobra, sino el centro de nuestro tiempo.
    Hay diversos modos de explicar la vida y de organizar la convivencia. Creyente es aquel que en este cometido concede la primacía real a Dios; y creyente cristiano es aquél que reconoce como norma suprema el evangelio de Cristo.
    Y tal reconocimiento es conflictivo, doloroso, porque supone tomar opciones que el mundo no comprende y que hasta rechaza. Y no deberíamos alarmarnos por ello. “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo” (Jn 15,18-19). Lo alarmante, pues, sería, lo contrario.
    “Si vivimos, vivimos para el Señor”. ¿Pero para qué Señor? Recorriendo las calles de Atenas, entre los altares dedicados a las divinidades del mundo conocido, encontró una con este nombre: “al Dios desconocido” (Hch 17,23). 
     Quizá si san Pablo hoy visitara hoy nuestra Iglesia y nuestra vida podría constatar, a lo peor, en más ocasiones de lo deseable, estamos adorando, rezando y cantando a un Dios, a un Señor desconocido.
    A Dios solo se le puede afirmar en la medida en que se le experimenta. ¿Qué experiencia tenemos de Dios, de Jesucristo? Dios es amor, y el mandamiento de Cristo es el Amor. Y el amor es donación y relación. Dios nunca aísla. Por eso, “vivir para el Señor” no aminora el compromiso humano. El tiempo dedicado a Dios nunca puede ser un tiempo sustraído al hombre, porque en el hombre está Dios, que ha vinculado su suerte con el hombre -“Lo que hicisteis…” (Mt 25,31ss)-.
    La afirmación que el creyente hace de Dios y de su supremacía no es a costa del hombre, porque Dios y el hombre no son incompatibles. Dios no solo ha hecho al hombre, sino que se ha hecho hombre en Jesucristo. La visión del hombre se agiganta cuando se le contempla desde Dios.
    Hoy la primera y la tercera lecturas nos muestran algunas consecuencia de ese vivir para Dios, para el Señor, que no es una evasión espiritualista hacia lo divino, sino una conversión realista a lo humano.
    “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud del Señor?” (1ª). El diálogo con Dios, la oración, es imposible cuando está roto el diálogo con el hermano. Deberíamos tomar esto muy en serio. Jesús ofreció un criterio fundamental para acercarnos a Dios: “Si al presentar tu ofrenda ante el altar...” (Mt 5,23). Por eso nos enseñó a orar: “Perdónanos, como nosotros perdonamos” (Mt 6,12). Y porque necesitamos un perdón innumerable, como innumerables son nuestras caídas, también hemos de mantener abierta permanentemente nuestra oferta de perdón.
    S. Pedro creía que en esto del perdón, como en todo, debería haber un límite razonable, al menos como estricta obligación moral. Jesús rompe sus esquemas: no hay límites.
    Un perdón inspirado en el perdón de Dios; un perdón cordial; un perdón que no vive atrapado por el recuerdo de la ofensa recibida; un perdón que no es mera estrategia o cálculo interesado; un perdón que implica la reconciliación con uno mismo, con el entorno familiar, social... y hasta el natural; un perdón que no es indiferente ante la verdad y la justicia, sino que las busca enérgicamente, pero siempre con un corazón purificado por la misericordia y la experiencia de perdón de Dios.
     Esto significa vivir para Dios, dejar que el amor, que es la esencia de Dios, nos transforme para que nuestra convivencia sea más fraterna, comprensiva...; porque “el amor espera sin límites, cree sin límites y perdona sin límites” (1 Cor 13,7).
  
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Es “cristiana” mi existencia?
.- ¿Qué experiencia tengo del perdón de Dios en mi vida?
.- ¿Qué oferta de perdón ofrezco a la vida?

DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 10 de septiembre de 2017

¡FELIZ DOMINGO!

  SAN MATEO 18, 15-20
                                               
"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.
                                         ***             ***             ***
   Nos hallamos ante un claro precepto para uso interno de la comunidad eclesial. Está dirigido a los discípulos. Pretende iluminar desde las palabras de Jesús el ejercicio de la responsabilidad fraterna. Jesús la ejerció con sus discípulos, con los más íntimos -Pedro (Mt 16,23), Santiago Juan (Mt 20,22-23)-, y con los demás apóstoles (Mt 20,24-28. Una corrección discreta -no se trata de abochornar-; no humillante. La llamada a la comunidad es la última instancia, no el primer paso. La corrección no es una delación sino una expresión de amor al prójimo y a la verdad. Y solo puede ejercerse con amor.
REFLEXIÓN PASTORAL
    “A nadie debáis nada más que amor” (Rom 13,8). El amor es la gran deuda del cristiano. ¡Hermosa frase! ¿Pero cómo saldarla?
     Cuando la gran tentación es dar un rodeo para no encontrarse con el problema del otro -“allá cada uno con su vida”-, la Palabra de Dios nos recuerda que no se puede vivir de cara a Dios y de espaldas al prójimo, “porque quien no ama al prójimo, a quien ve, ¿cómo amará a Dios, a quien no ve?” (1 Jn 4,20). Y esta responsabilidad ha de concretarse en la solidaridad, e incluso en la advertencia y la corrección.
    La imagen del profeta como atalaya es muy sugerente (1ª lectura). El pueblo será responsable de su actuación, pero el profeta será responsable de su misión. Y su misión, precisamente, es la de ser atalaya fraterna. La corrección fraterna es un ejercicio responsable de la solicitud por el bien espiritual del hermano.  Es el mensaje del texto evangélico. Un tema que no es fácil ni frecuente.  
    Quizá sea frecuente la corrección, pero Jesús no se queda en urgir la corrección, sino que invita a la corrección fraterna.
    Hemos confundido, frecuentemente y por comodidad, el respeto al otro con la indiferencia. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gén 4,9). La parábola del samaritano también encuentra aquí su concreción. No pasar de largo, indiferentes, ante los hermanos.  
     La corrección fraterna es un servicio evangélico, que requiere valentía, libertad interior, y limpieza de corazón para no ver la mota en el ojo ajeno sin descubrir primero la viga que uno lleva en el suyo (Mt 7,1-6). La corrección fraterna supone verdadero amor e interés por el bien del hermano y por la verdad.
    Finalmente, apunta el Evangelio, el amor se traduce no solo en corrección fraterna, sino en oración fraterna, en comunión de corazones (vv 19-20). Por eso nuestra oración, la cristiana y la del cristiano, es el “Padre nuestro”, que no es solo un modo de hablar a Dios, sino un programa de vida, un modo de interelacionarnos los unos con los otros. De otra manera mereceremos el reproche de Jesús: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).
Uno que ama a su prójimo no le hace daño” nos recuerda el Apóstol en la segunda lectura. En este mundo de la competencia, en el que nos abrimos paso a empujones y zancadillas; en el que no pocos ascensos se hacen pisando peldaños humanos; en el que el interés y el salir adelante es lo que se cotiza, la palabra de Dios nos invita a una reflexión seria, sincera y a una decisión responsable, porque al final de la vida seremos examinados sobre el amor.

REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Soy comprensivo o indiferente?
.- ¿Siento la urgencia por el bien del hermano?
.- ¿Tengo libertad interior para hacer y aceptar la corrección fraterna?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.