martes, 24 de abril de 2018

LLAMADA A LA SANTIDAD




“Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. DEJA QUE TODO ESTÉ ABIERTO A DIOS Y PARA ELLO OPTA POR ÉL, ELIGE A DIOS UNA Y OTRA VEZ. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23). Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores, encontrarás todo lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de sus santos, y una múltiple belleza que procede del amor del Señor, «como novia que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).”
(Gaudete et exsultate 15)

lunes, 23 de abril de 2018

¡ALEGRAOS Y REGOCIJAOS!


      Después de una semana sin aparecer por aquí, pues el oficio de cocinera lleva su dedicación, quiero proponerte retazos de la última exhortación apostólica del Papa...



«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. EL SEÑOR LO PIDE TODO Y LO QUE OFRECE ES LA VERDADERA VIDA, LA FELICIDAD PARA LA CUAL FUIMOS CREADOS. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. Así se lo proponía el Señor a Abraham: «Camina en mi presencia y sé perfecto» (Gn 17,1).
("Gaudete et exsultate"  Papa Francisco)

domingo, 22 de abril de 2018

¡FELIZ DOMINGO! 4º de PASCUA

  SAN JUAN 10,  11-18

    "En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
    Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas
    Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
    Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre."
                                            ***             ***             ***
    Con la imagen del buen Pastor, Jesús desvela uno de sus rostros más entrañables. Como buen Pastor da vida a las ovejas, da su vida por las ovejas, las conoce a cada una por su nombre… Y no es un Pastor de horizontes recortados. Quiere ser Pastor de todas las ovejas. Con la adopción de este título, Jesús plantea una reivindicación mesiánica, y se identifica con la figura profética de Dios como Pastor (Ez 34,11-31), al tiempo que denuncia a los falsos pastores.

REFLEXIÓN PASTORAL

     Los textos bíblicos de este domingo nos recuerdan afirmaciones impresionantes y consoladoras a un tiempo.
     San Juan, en su carta, nos abre a la inimaginable sorpresa de la fuerza del amor de Dios que nos hace sus hijos -“pues, ¡lo somos!”-. Y eso solo es un anticipo, una primicia. La filiación divina nos abre a horizontes insospechados. ¿Es posible vivir crepuscularmente cuando la aurora de Dios nos invita a un amanecer esperanzador?
     Pedro, por su parte, nos habla de Jesús como la piedra angular, clave y quicio de toda posible edificación… Piedra que fue rechazada, y que aún hoy es rechazada. Y no solo por los de afuera, porque, ¿es Jesús la piedra angular, la primera piedra del edificio de nuestra vida personal, familiar o social? ¿O estamos construyendo sobre otros fundamentos? ¿Sobre qué construimos? ¿Nuestro edificio no se está resquebrajando y agrietando por falta de fundamentación?
     Si el Señor no construye la casa…” (Sal 127,1). “Mire casa cuál cómo construye. Pues nadie puede poner otro cimiento  fuera del ya puesto, que es Jesucristo… Y si uno construye sobre el cimiento con oro, plata…, madera, hierba o paja, la obra de cada cual quedará patente. Y el fuego comprobará la calidad de la obra de cada cual. Si la obra que uno ha construido resiste, recibirá el salario” (1 Cor 3,10b-14).  
     Y continúa san Pedro en su discurso: “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos”.
   ¿Creemos que solo Jesús puede salvarnos? ¿O tenemos otras alternativas? ¿Le concedemos a Él toda la credibilidad? ¿O se la concedemos a otros y a otras siglas?
      Hoy abundan ofertas de salvación a corto plazo y a bajo precio, evangelios intranscendentes, que pretenden suplantar y desplazar al evangelio de Jesús, incluso sirviéndose materialmente de sus mismas palabras.
     Ante la precariedad en que vivimos puede que renunciemos a plantearnos las cuestiones de fondo. Es el mayor fraude: entretener al hombre con lo inmediato para que no se ocupe de lo importante; obsesionarlo con el bienestar para que deje de buscar la Verdad. No hay mejor modo de reducir al hombre que reducir sus horizontes…
     Jesús vino a ampliarnos el horizonte de nuestra visión y de nuestra misión, a sacarnos de nuestras casillas, reducidas y miopes, para descubrirnos que somos hijos de Dios con un futuro insospechado. Algo que el mundo no conoce, porque tampoco lo conoce a Él. Y, sin embargo, solo Él es la alternativa: la piedra fundamental, el único que puede salvar, el buen Pastor.
     En una sociedad de mercenarios y asalariados, Jesús es el buen Pastor y el modelo de los pastores. Y esto tenemos que decirlo, aunque muchos no lo crean, pero sobre todo, tenemos que creerlo, aunque muchos no lo digan.
    Hoy la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones Y, ante planteamientos como este, existe el peligro de reducirlo todo a unas  cuantas peticiones estereotipadas e incomprometidas.
     Hay que orar, porque así lo mandó el Señor –“Orad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9,38)-, pero con una oración responsable, que parta de la conciencia y de la vivencia de la propia vocación cristiana, que es de donde surgen y para quien surgen las vocaciones específicas a la Vida consagrada y al ministerio sacerdotal. Estas son el termómetro, el indicador de la vitalidad religiosa de una comunidad. Por eso, la carencia de vocaciones en la Iglesia no es una fatalidad, que traen los tiempos, sino una irresponsabilidad falta de responsabilidad cristiana.
     Hay que orar desde la apertura -“¿Qué debo hacer, Señor?” (Hch 22,10)-; desde la pasión -“Señor, enséñame tus camino” (Sal 25,4)-; desde la disponibilidad -“Aquí estoy, mándame” (Is 6,8)-.
     Hemos de orar, en primer lugar, por nuestra vocación cristiana, para agradecerla, celebrarla y testimoniarla; y hemos de orar para que no nos falte la sensibilidad necesaria para acoger en nuestra vida y en nuestra familia la llamada del Señor a dejarlo todo por Él, por su causa, que es, también, la del hombre.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Es Jesús la piedra angular de mi vida?
.- ¿Siento el gozo y la gratitud de la filiación divina?
.- ¿Oro por la vocaciones y oro por mi vocación cristiana?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

domingo, 15 de abril de 2018

¡FELIZ DOMINGO! 3º de PASCUA

  SAN LUCAS 24, 35-48
    "En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir el pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: Paz a vosotros.
    Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo.
    Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: ¿Tenéis algo de comer?
     Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse.
     Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén."
                                      ***                  ***                  ***
    Tras el encuentro con los de Emaús, Jesús se aparece a todos los apóstoles. Ante la sorpresa de estos, Jesús les invita a “verificarlo”. La insistencia en invitarlos a ver y tocar su cuerpo marcado por los signos de la crucifixión obedece a la turbación inicial que les produjo su presencia, y al interés en mostrar que la resurrección no es una especulación. No se trata solo del espíritu de Jesús, se trata de Jesús, en su integralidad personal. Para los destinatarios del evangelio de Lucas, de mentalidad griega y, por tanto, reacios a admitir la resurrección del cuerpo, la insistencia en la pruebas de tipo físico son importantes. A Cristo resucitado hay que “verificarlo”, ¿cómo?, ¿dónde? En las manos y en los pies de lo que Él ha elegido como sus “representantes” (Mt 25, 31-46). 

REFLEXIÓN PASTORAL
    Continúa la liturgia ofreciéndonos testimonios y consecuencias de la resurrección del Señor, del triunfo de Jesús sobre la muerte. Porque Cristo no solo supo morir (eso pertenece al campo de las posibilidades humanas), sino que venció a la muerte y la iluminó. Y esto parece que nos cuesta creerlo, y les costó creerlo ya a los primeros discípulos.
    Tal vez porque lo sabía, quiso dedicar cuarenta días a explicar a los suyos ese camino de gozo por el que tanto les costaba entrar. No podía resignarse Jesús a la idea de que los hombres, tras su muerte, lo jubilasen y encerrasen en el cielo. No bastaba, pues, con resucitar. Había que meter la resurrección por los oídos, los ojos y el tacto de los suyos. Y habría que hacerlo con la paciencia del Maestro que repite una y otra vez la lección a un grupo de alumnos testarudos.
    ¡Cuánto le cuesta al hombre aprender que puede ser feliz! ¡Qué tercamente se aferra a sus tristezas! ¡Qué difícil le resulta aprender que su Dios es infinitamente mejor de lo que se imagina!
    Eso fueron aquellos cuarenta días que siguieron a la resurrección: una lucha de Cristo con la terquedad y ceguera humanas de los discípulos, ayudándoles a comprender el trasfondo de todo lo que en los tres años anteriores habían vivido a su lado.
    ¿Cómo es posible que los herederos del gozo de la resurrección no lo llevemos en nuestros rostros y brille en nuestros ojos? ¿Cómo es que cuando celebramos la Eucaristía, la prueba de que el Señor vive, no salen de nuestros templos oleadas de alegría? ¿Cómo puede haber cristianos que se aburren de serlo? ¿Cómo entender que miren con angustia a su mundo, persuadidos de que es imposible que las cosas terminen bien?
     ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?” No es solo una recriminación a la incredulidad de los discípulos, sino una invitación al análisis. Porque dudar no es malo; el que no piensa no duda, y el que no duda no piensa... Pero hay que salir de dudas.
¿De dónde provenían las dudas de los discípulos? De no haber comprendido el misterio de la cruz, ni antes ni después. Por eso, para deshacer sus dudas, Jesús les invita a verificar su identidad de Crucificado, pues la resurrección no desfigura ni falsea la realidad.
     ¿Por qué surgen dudas en nuestro corazón? Quizá porque no hemos salido de él, de nuestro encasillamiento egoísta.
    A Francisco de Asís se le desvanecieron las dudas al abrazar al leproso… Quien toca o abraza la cruz de Cristo encarnada en los hombres; quien hace la experiencia de amar a Dios como Dios manda, o mejor, como Dios ama, supera todas las dudas de fe. Porque creer es amar, ya que Dios es Amor. Hay que salir de dudas; para eso hay que salir de uno mismo y abrirse a los demás con un abrazo fraterno, como Francisco de Asís.
REFLEXIÓN PERSONAL
.- ¿Surgen dudas en mi interior? ¿por qué?, ¿de qué tipo?
.- ¿De verdad integro el mensaje de la resurrección en mi vida?
.- ¿Soy más dado a culpabilizar, a acusar, que a excusar?
DOMINGO J. MONTERO CARRIÓN, OFMCap.

sábado, 14 de abril de 2018

CARTA DE UN PRESBÍTERO ANCIANO ORTODOXO A SU DISCÍPULO (y 5)

El lugar privilegiado de este encuentro en la fe se realiza en la celebración de la Eucaristía.
Es sacrificio y sacramento del encuentro, que luego podrás prolongar en la vida.

La Eucaristía es encuentro con el Padre y con la Iglesia, con los hermanos que hacen camino contigo hacia el encuentro.
La Eucaristía es la Pascua, el paso del Señor en tu vida.
Vive de Pascua en Pascua.
Es el encuentro con Él hasta que vuelva.


Nunca acabes tu oración, que no se termine al salir de tu habitación porque la sigues en la vida.
En ella está el verdadero lugar del encuentro, de vuestro encuentro.
Dios, el Padre, está ahí, en tu vida.
No dudes de encontrarlo, porque tú lo buscas en tu oración y Él sale a tu encuentro en la oración y en la vida.
Y no olvides la respuesta a tu pregunta: ¿Qué es lo esencial en la oración?
Lo esencial es Jesús. Amén.

viernes, 13 de abril de 2018

CARTA DE UN PRESBÍTERO ANCIANO ORTODOXO A SU DISCÍPULO (4)


Une tu oración a la de Cristo y te harás adorador del Padre en espíritu y verdad.
Dile al Señor Jesús con fuerza: sé Tú mi oración.
Y déjate guiar por el Espíritu Santo.
Él es el único y verdadero Maestro.
Él, con su viento y con el fuego de su Amor, te introducirá en el encuentro.
Inclina tu oído y tu corazón para recibir con amor y eficazmente la Palabra.
En ella encontrarás a Dios.
Aprende a leerla escuchando.
Piensa que no es una palabra dejada en un libro, sino que es una Palabra suya para ti.
Si vives en todo el encuentro con la Palabra harás de tu vida un encuentro.
En tu diálogo con el Señor tendrás que limitarte muchas veces a decir simplemente: “Sí, que se haga en mí según tu Palabra”, como María, la mujer orante y disponible.
Haz de toda tu vida una respuesta gozosa a la voluntad de Dios.
Él tiene un plan de amor para ti,
Haz el don de tu amor absoluto y abandónate en las manos de Dios.
Valora la presencia del Señor en la Eucaristía como lugar del Encuentro.
Él está allí y te espera porque te ama.
Que tu oración sea siempre un encuentro profundo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.